
Silvia Dioverti
Casi siempre la incertidumbre es un peso, un sordo rumor en el corazón, un no estar cómodos con nosotros mismos ni con los demás. En esos momentos solemos envidiar a quienes, provistos de certezas inquebrantables, todo parece serles más fácil, más transitable el camino, y menos solitario. "Quien fluctúa en la duda merece compasión", dejó dicho Goethe, y no le faltaba razón, porque dudar es estar permanentemente sentado "sobre las espinas del pleno día", como también dejó dicho René Daumal. Cuando la certeza nos abandona, cuando no hay oráculo ni astrólogo ni psicólogo ni dogma que puedan ayudarnos, nos volvemos hacia nosotros mismos. Vamos con coraje en busca de una respuesta y, sin embargo, ¡cómo nos hacen estremecer esas tierras desconocidas en las que nos adentramos sin más brújula que la de saber que no sabemos! A tientas vagamos por el laberinto de la razón, a tientas vagamos por el laberinto de la emoción y, finalmente exhaustos, buscamos el refugio del sueño para que el inconsciente nos lance una cuerda, nos muestre el camino. Son días y noches de soledad. Pero algo en nosotros grita o susurra y no cesa hasta que hallamos la respuesta, que, ¡ay!, no siempre llega todo lo rápido que quisiéramos. Como los exploradores del Medioevo también nosotros trazamos una línea y nos decimos "más allá hay monstruos", no continúes, y apenas decirlo aparece el regalo que puede dejar la incertidumbre: la certeza de que si no atravesamos los mares, los cielos, nunca descubriremos otros mundos, otras galaxias.